El jinete sin cabeza

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Se dice que a raíz de la colonización española, en los predios de Cueybá, vivía en los alrededores del pueblo un peninsular, quien tenía una hija muy bella. En unos de los paseos a caballos de la joven por el bosque fue sorprendida por un grupo de aborígenes y uno de ellos, el más apuesto al mirarse en aquellos ojos azules como el cielo quedó prendado con el hechizo de la mujer.

Igual le pasó a la muchacha y desde entonces el joven indígena realizaba visitas furtivas a la casa de la muchacha al filo de la media noche, ella dejaba entre abierta la puerta esquinera del cuarto y ambos vivían felices hasta la madrugada. Cuenta la leyenda que enterado el padre, pagó a una partida de matones para que vigilasen al joven y le dieran muerte junto a los que le acompañaban y en el tupido bosque cercano se apostaron los bandidos. Esa fue la última noche feliz para la pareja, pues al salir él de la casa; e ir al encuentro de su caballo blanco que sus amigos cuidaban, fueron sorprendidos y decapitados cruelmente a la luz de la luna. Cuando el español fue a comprobar la masacre que había ordenado para pagar la recompensa, al llegar al sitio no encontró ni cabezas, ni cuerpos; habían desaparecido y a la semana siguiente, apareció en la sabana un jinete sin cabeza, montado erecto sobre su Caballo Blanco. A partir de entonces cada español que se arriesgaba a andar por la sabana al filo de la media noche era decapitado por aquel indígena vengador y tras la leyenda se escondieron asesinos y secuaces para cometer sus fechorías. Siempre que ocurría un hecho de sangre, alguien anunciaba haber visto la noche anterior por la calle Vicente García o por Lico Cruz, el jinete sin cabeza en su caballo blanco. 

Desde entonces, las apariciones del fantasma se asociaron a cuanta tragedia acontecía en la comarca. La más connotada fue el accidente ferroviario del 45, donde murieron cientos de personas. Mas, a este mancebo indio, se le anotó también los pesares de la granizada del 19 de marzo de 1963, que vistió a la ciudad con gigantescos bloques de hielo, derrumbó árboles y casas y registró este fenómeno atmosférico como uno de los más intensos ocurridos en Cuba.
Tal leyenda ha desafiado las canas del milenio y, aún cuando el avance cultural de los tuneros desdibujó los fantasmas a su paso, todavía cualquier trágico suceso que remueve la impronta citadina se asocia al enamorado indio de Cueybá y su caballo blanco siguió apareciendo hasta 1959, pues con la Revolución ha quedado como tal prendida del recuerdo. En el Hotel Las Tunas ha quedado simbolizada en una escultura de Rogelio Ricardo, que como hecho cultural, el caballo cambió de color, como esas cosas que con el tiempo van quedando en la memoria de los pueblos.